Lo que no se dice, se olvida.
Los refranes no viven en los libros. Viven en la boca de quien los sigue diciendo. Casi siempre con humor. Reír de todo, burlarse de nadie. Cuando el tema no lo admite, la seriedad antes que la broma fácil. Hay refranes que hoy duelen. Ni se esconde ni se aplaude. Los enseñamos tal cual, con su contexto.
Refrán viejo, boca nueva.
El refranero no está cerrado. Rescatamos los de siempre y nos inventamos los nuestros, como hacían ellas. En todas partes, la misma abuela.
En Múnich, en Nápoles o en Lima se dice lo mismo con otras palabras. Míralo en el mapa.
Hay palabras que hoy se dicen demasiado deprisa. Nuestras abuelas sabían lo que pesaban.
Cada palabra en su sitio.
Mesa que se alarga, memoria que no se apaga. Mejor en la boca que en la vitrina, no somos un museo. Un refrán guardado no le sirve a nadie, uno dicho en la mesa sí. Después del refrán viene la conversación. Para eso hicimos Sobremesa.
De dónde viene
Siempre apuntaba los refranes de mi abuela. Era de un pueblo de Navarra y tenía uno para cada ocasión. Cuando le decíamos «¡Abuela, para todo tienes un refrán!», ella contestaba: «Mujer refranera, poco laminera». Ese refrán no se decía en ningún otro sitio. Era suyo, de su casa. De ahí salió Palabra de Abuela.
Y tú, ¿qué refrán no quieres que se pierda? Danos tu palabra