Carta #1
Dicen que hay que ver Nápoles y después morir
La historia de cómo nació el mapa: una señora napolitana, un refrán de mi madre y muchos cuadernos.
Llevo la vida entera apuntando refranes.
No los grandes, los de los libros. Los de la gente. Los que salen solos cuando algo va mal o cuando alguien hace una tontería. Los que se aprenden de pequeño y se entienden de mayor.
Los tengo en cuadernos, en márgenes, en servilletas. En la cabeza, la mayoría.
Un día escuché a una señora de Nápoles riñendo a su nuera. No entendí el italiano, pero entendí el refrán. Lo reconocí. Era el mismo que decía mi madre. Las mismas palabras, casi. Los mismos gestos, exactamente.
«Esatto», pensé. Esto no puede ser casualidad.
Pasé meses comprobándolo. En viajes, en libros, preguntando a gente de aquí y de allá. Y lo que encontré es esto: los mismos pensamientos, en siete idiomas distintos. La visita que se queda demasiado. La prisa que sale mal. El que madruga y el que no. La suerte que hay que ganarse.
Con eso hice un mapa. Europa, de momento. Los refranes ordenados por familias, la misma idea rastreada de país en país, de idioma en idioma. Con el refrán de cada lugar y el parentesco entre ellos.
Pero el mapa no lo hago yo sola. Si en tu casa se decía algo, ya sea en español, en catalán, en gallego, en el idioma que sea, hay un tablón donde puedes dejarlo. Lo reviso yo. Si tiene parentesco con alguna familia del mapa, lo añado. Eso es lo que hay aquí: un mapa que se llena poco a poco.
¿Y en tu casa, cuál se decía?
«Somos más parecidos de lo que creemos. Y bastante menos originales.»
— Antonia